10/2/09

Día septimo

Me produce cierta añoranza pensar en sucesos ocurridos durante los días cálidos porque, por más que lo desee, no puedo invertir o acelerar ningún cambio estacional y solo me queda revivirlos en la memoria.
En mi época de primala, cuando contaba con poco más de un año de edad, viajé a las praderas de rió Bohemio y pude comprender el porqué se le llamaba de esa manera a ese caudal. Este término se refiere a un tipo de agua que se aparta de lo corriente o convencional, y que es relativo a las artes, la creatividad y el ingenio, pero sin excesivas pretensiones. Prosperaban allí una extensa variedad de tallos, brotes tiernos, jugosas flores y hojitas nuevas. Difiere del cauce del romanticismo o del agua de la nostalgia. Por aquellas latitudes se vive de adentro hacia fuera. Se reinventa, se transforma, se recrea y se reestructura la realidad y, además, se come bastante poco, como si los individuos se alimentaran del forraje de sus ideas. De aquellos lugares uno vuelve verdaderamente escuálida aunque con cierta satisfacción interna por lo visto y oído. Se despiertan cosas que te acompañaran ya de por vida, como a los pintores el peculiar olor a trementina.
Lo bueno de ser oveja viajera no es solamente la variedad de alimento que puedes llegar a probar sino los nutrientes que en ti quedan contribuyendo a la plena formación del esqueleto o cualquier otra parte del organismo.
Si bien es innegable que a cierta edad las estructuras de nuestra personalidad parecen estar completadas, no menos cierto es que nuestro organismo necesita renuevos constantes para llevar una vida placentera.
¿Quién puede sobrevivir sólo con lo que comió ayer y vivir de rentas en este sentido? Nadie.
Son imprescindibles los exquisitos brotes tiernos.







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