6/2/09

Día octavo


Las noches de verano a la intemperie suelen ser emocionantes aunque en ocasiones los individuos más inquietos no dejen dormir a los demás, estos suelen ser siempre los más jóvenes. La gran mayoría rumian o dormitan, aunque no faltan esos otros que importunan con sus retozos, piruetas o balidos.
Lo emocionante está en esa especie de expectación alerta a duermevela, cuando no se sabe qué esperar o qué sucederá en la oscuridad de las noches de luna nueva, cuando apenas se puede distinguir las tres o cuatro bolas de lana que son las compañeras más cercanas a mi cabeza. Siempre se sufren los peores ataques durante la madrugada, a la misma hora, entre las cuatro y la seis de la mañana, cuando se disfruta de un profundo sueño, cosa que los enemigos saben. A veces se huele a lobo o a buitre en el ambiente y todos se inquietan. Es un olor espeso de amargura acrecentado por los miedos personales. Por más apiñado que se esté, siempre cae alguna víctima que andaba por las orillas desorientada o distraída curioseando por el final de los lindes de seguridad para la manada. Es muy buena la curiosidad si una conoce bien los bordes del precipicio, si una no pierde de vista las señales de peligro. Puede que debido a ciertas alteraciones y trastornos ecológicos que afectan incluso a los enemigos, cada vez son más comunes los ataques nocturnos, en la impunidad de la noche. Últimamente todo es achacado al recalentamiento del planeta tierra y de verdad que parece estar caliente en exceso, lo notan mis patitas cuando se daña alguna de sus pezuñas. Parece verdad eso de que ya quedan pocos lugares de refrigerio. Se presiente un calor abrasador y habrá que buscar algún escondite donde permanecer fresquitas.






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