4/4/09

Día segundo


Por la puerta de entrada, que a veces permanece entreabierta, se cuela el sonido insistente del agua al caer sobre los abrevaderos externos. Y envidio a los gorriones que vuelan sin recato de rama en rama disfrutando de una ducha involuntaria, sacudiendo su plumaje antes y después de cada volada.
Envidio a la rana que croa en el estanque incitada por el llanto del cielo y yo, como cualquier animal desagradecido, deseo lo que no tengo, anhelo lo imposible.
Me repliego un rato en mí misma como para meditar y me pregunto entonces qué diablos pasaría si me escapara por la puerta que no tiene cerradura, si me lanzara a la aventura por la anchura de los campos. Ni pensar quiero que en ese momento pasase por allí uno de esos lobos hambrientos que nunca quedan satisfechos, pues estoy segura de que me ganaría en astucia y fuerza, en cinismo y violencia. Mejor eludir el tema y pensar en otra cosa más real, como por ejemplo averiguar cosas positivas de los que andan en los mismos derroteros, cómo les acaecieron cualquiera de las muchas historias vividas durante sus vidas. Esta es una actividad a la vez que entretenida, consoladora. Principalmente edificantes son los relatos de supervivencia a las dificultades ya que se aprende mucho de la experiencia ajena en el tema de la trashumancia, del viajar de las ovejas en su vida.
El día y la noche se suceden en progresiva monotonía y agradezco mi cobertura lanosa en este tiempo invernal, tan oscuro y frío.

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